A menudo se dice que el control del peso es "80% dieta y 20% ejercicio". Si bien la nutrición es el factor determinante del balance energético, la actividad física aporta beneficios metabólicos y psicológicos que no pueden obtenerse solo a través de la comida. Un estilo de vida activo no requiere necesariamente maratones; el movimiento cotidiano es la clave.
Caminar al trabajo, subir escaleras o realizar tareas domésticas suma más gasto energético total que una sesión aislada de gimnasio.
El músculo es un tejido metabólicamente costoso. Mantenerlo ayuda a que el cuerpo utilice energía de forma más eficiente incluso en reposo.
La actividad física también mejora la sensibilidad a la insulina, lo que significa que el cuerpo puede gestionar mejor los carbohidratos que consumimos. Además, el ejercicio libera endorfinas, lo que reduce los niveles de estrés y, por ende, la probabilidad de recurrir a la comida como mecanismo de consuelo emocional. La clave es encontrar actividades que se disfruten para garantizar la adherencia a largo plazo.
Contenido informativo. No se proporcionan programas de entrenamiento. Inicie cualquier actividad física según su capacidad actual.